El niño del piyama a rayas, el socialismo del siglo XXI, Indochina
Rafael Arráiz Lucca prologa el libro de Ignacio Castillo, "Penélope", diciendo que el escritor es producto de la generación visual, expuesta a las imágenes en forma constante que el cine nos entrega.
Creo que el comentario es sumamente acertado, somos una generación que hemos crecido en un mundo donde las imágenes nos afectan y nos muestran la realidad en la que vivimos, siempre y cuando tengamos la capacidad de hacerlas nuestras y de interpretar esa realidad. Capacidad que se desarrolla, a mi juicio, con la lectura, debido a que nos obliga a crear en nuestra mente el universo que el autor nos presenta.
Lo anterior me sirve de preámbulo para exponer el conjunto de imágenes que diariamente me llevan a encontrarme con la realidad violenta y peligrosa en la cual vivimos, realidad a la cual nos estamos acostumbrando y que tristemente nos arropa sin que hagamos algo para cambiarla.
Recuerdo que la primera imagen que me provocó el unir lo que veía con lo que vivía fue una escena de la película INDOCHINA, en la película, unas niñas francesas jugaban en un universo prácticamente paralelo a la realidad del lugar en el cual se encontraban. Días antes, había estado en la piñata de la hija de una de mis mejores amigas, donde la situación era exacta, nuestras niñas se encuentran en un universo paralelo, en una dimensión diferente del lugar geográfico en el que vivimos.
Esta noche, mientras veía EL NIÑO CON EL PIYAMA A RAYAS, mi hija me interrumpe para comentar que ella y sus amigas se quedarán a dormir en nuestra casa, pero que están esperando que una de ellas llegue de la cena de despedida de la hija de Alejandro Marcano, quien se va del país. Volví a tener esa relación entre lo que veía y lo que vivía. En ambos casos, la intolerancia, la búsqueda de una revancha, ha hecho que las historias contadas sean muy tristes, pero lo más triste es que la realidad ratifica lo que la fantasía crea.
Nos encontramos en una situación donde la forma de vida acostumbrada esta desapareciendo, ya no somos capaces de reconocernos, pero no podemos responsabilizar a nadie mas que a nosotros mismos. Pequeños detalles muestran que no nos importa absolutamente nada más que nuestro propio beneficio, somos muy egoístas y eso nos lleva a que el pacto de convivencia no funcione.
Temprano en la mañana, mientras esperaba que cambiara un semáforo en la Fco. de Miranda, un taxista sencillamente no respetó el semáforo y cruzó, sin importar nada más que su beneficio. En ese momento pensé que la falta de educación de un pueblo genera este comportamiento. Pero más tarde, mientras entrenaba en el parque, un señor con su lindo perro dejaba el parque lleno del pupú del perro, para decirlo en la forma menos grosera que se me ocurre. Pero esta acción es sumamente violenta, literalmente al dueño del perro le importa una "mierda" el resto de las personas que usamos el parque, además que estamos en presencia de una persona que dispone del dinero suficiente para comprar y mantener un perro de raza. Pareciera que el problema no es educativo.
Más tarde, una señora que obstruía la salida de un estacionamiento, con su camioneta 4x4, respondió en forma violenta cuando le reclamaban que estaba impidiendo que una persona sacara su carro del estacionamiento. Por lo visto, ella tenía todo el derecho de estar parada y el que la irrespetaba era aquél que salía de su casa.
Como último ejemplo, unos muchachos muy cercanos a mi, me impresionaron cuando de manera alegre y despreocupada se mofaban del hermano de uno de ellos que es autista y de la madre del otro que luego de una enfermedad muy grave, quedó con un severo daño cerebral.
Aquí es dónde me pregunto, acaso podemos culpar a alguien diferente a nosotros mismos de lo que estamos viviendo. Creo que necesitamos hacernos un duro y honesto examen de conciencia y rectificar en la forma en la cual estamos actuando. De lo contrario, no tenemos salida posible.
Creo que el comentario es sumamente acertado, somos una generación que hemos crecido en un mundo donde las imágenes nos afectan y nos muestran la realidad en la que vivimos, siempre y cuando tengamos la capacidad de hacerlas nuestras y de interpretar esa realidad. Capacidad que se desarrolla, a mi juicio, con la lectura, debido a que nos obliga a crear en nuestra mente el universo que el autor nos presenta.
Lo anterior me sirve de preámbulo para exponer el conjunto de imágenes que diariamente me llevan a encontrarme con la realidad violenta y peligrosa en la cual vivimos, realidad a la cual nos estamos acostumbrando y que tristemente nos arropa sin que hagamos algo para cambiarla.
Recuerdo que la primera imagen que me provocó el unir lo que veía con lo que vivía fue una escena de la película INDOCHINA, en la película, unas niñas francesas jugaban en un universo prácticamente paralelo a la realidad del lugar en el cual se encontraban. Días antes, había estado en la piñata de la hija de una de mis mejores amigas, donde la situación era exacta, nuestras niñas se encuentran en un universo paralelo, en una dimensión diferente del lugar geográfico en el que vivimos.
Esta noche, mientras veía EL NIÑO CON EL PIYAMA A RAYAS, mi hija me interrumpe para comentar que ella y sus amigas se quedarán a dormir en nuestra casa, pero que están esperando que una de ellas llegue de la cena de despedida de la hija de Alejandro Marcano, quien se va del país. Volví a tener esa relación entre lo que veía y lo que vivía. En ambos casos, la intolerancia, la búsqueda de una revancha, ha hecho que las historias contadas sean muy tristes, pero lo más triste es que la realidad ratifica lo que la fantasía crea.
Nos encontramos en una situación donde la forma de vida acostumbrada esta desapareciendo, ya no somos capaces de reconocernos, pero no podemos responsabilizar a nadie mas que a nosotros mismos. Pequeños detalles muestran que no nos importa absolutamente nada más que nuestro propio beneficio, somos muy egoístas y eso nos lleva a que el pacto de convivencia no funcione.
Temprano en la mañana, mientras esperaba que cambiara un semáforo en la Fco. de Miranda, un taxista sencillamente no respetó el semáforo y cruzó, sin importar nada más que su beneficio. En ese momento pensé que la falta de educación de un pueblo genera este comportamiento. Pero más tarde, mientras entrenaba en el parque, un señor con su lindo perro dejaba el parque lleno del pupú del perro, para decirlo en la forma menos grosera que se me ocurre. Pero esta acción es sumamente violenta, literalmente al dueño del perro le importa una "mierda" el resto de las personas que usamos el parque, además que estamos en presencia de una persona que dispone del dinero suficiente para comprar y mantener un perro de raza. Pareciera que el problema no es educativo.
Más tarde, una señora que obstruía la salida de un estacionamiento, con su camioneta 4x4, respondió en forma violenta cuando le reclamaban que estaba impidiendo que una persona sacara su carro del estacionamiento. Por lo visto, ella tenía todo el derecho de estar parada y el que la irrespetaba era aquél que salía de su casa.
Como último ejemplo, unos muchachos muy cercanos a mi, me impresionaron cuando de manera alegre y despreocupada se mofaban del hermano de uno de ellos que es autista y de la madre del otro que luego de una enfermedad muy grave, quedó con un severo daño cerebral.
Aquí es dónde me pregunto, acaso podemos culpar a alguien diferente a nosotros mismos de lo que estamos viviendo. Creo que necesitamos hacernos un duro y honesto examen de conciencia y rectificar en la forma en la cual estamos actuando. De lo contrario, no tenemos salida posible.
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