Una mentira dicha 1.000 veces...

No quiero presumir que soy un adicto a los museos, exposiciones y demás actos culturales, pero me hace sentir tranquilo el hecho que existan lugares en los cuales la historia de una sociedad reposa, tranquila y sin sobresalto. Lugares a los cuales podemos acudir para reconciliarnos con lo que somos como comunidad, o para descubrir las razones por las cuales somos como somos.
Cuando caminamos por esos sitios, podemos apreciar la manera en que los artistas, esos seres que tienen la desgracia de ser más sensibles que la mayoría de las personas, han percibido su realidad y su tiempo, dejando plasmada esa impresión en sus creaciones, no importa de qué tipo de creación estemos hablando, no importa si nos gusta o nó.
Una de las cosas que más me preocupa de este proceso es la destrucción de nuestro pasado. Desde la instauración de este régimen, hemos observado cómo una y otra vez nuestra conciencia como sociedad ha sido despedazada.
De la salida irrespetuosa de Sofia Imber del MACC hasta el cierre del Museo de Transporte, poco a poco todos los museos, bibliotecas, teatros, plazas, estatuas y librerías han sido destruidos, llegando incluso a ser usados como albergues para los damnificados.
Adicionalmente, todos los medios de comunicación propiedad del estado y usados por el gobierno, cuentan una y otra vez la historia adecuandola a los fines políticos que persiguen.
Todo este proceso lo que trata es de hacernos olvidar quienes somos, de dónde venimos, cuáles son nuestras raíces.
Estamos frente al intento de borrarnos la memoria, tal como hace el delicuente cuando suministra burundanga a su víctima, lo hace olvidar quién es, para que pierda su voluntad y acceda a todas sus órdenes y deseos.
En nosotros está el no permitir que se borre nuestra identidad, manteniendo nuestras costumbres y transmitiendolas, así sea via tradición oral, pero debemos mantener nuestra memória colectiva.

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