Cuando el destino nos alcance

Día a día vemos como la vida pasa en el trajín de nuestra rutina. Muchas veces pensamos que necesitamos un cambio, que merecemos una forma de vida mas humana, donde las carreras por cumplir con todas nuestras obligaciones no sean la norma.
Nuestros días amanecen muy temprano y por lo general terminan muy entrada la noche. En esta carrera por lograr hacer todo lo que esta vida nos impone, perdemos el derecho de poder disfrutar de momentos relajados, en los cuales podamos compartir con nuestras familias, o simplemente poder contemplar sin más, el fruto de nuestro esfuerzo.
Esta agitación, producto de una cantidad de necesidades creadas por la sociedad en la cual vivimos, nos transforma en seres atormentados, siempre deseando algo adicional a lo que tenemos, buscando lo que suponemos que simboliza el éxito en nuestras vidas.
En este correr por cumplir nuestras metas, el tiempo pasa, mostrándonos nuestra triste naturaleza como seres finitos y, a pesar de esto, no procuramos hacer un alto en el camino para verificar lo que estamos viviendo y cómo lo estamos haciendo.
Esta realidad nos debe llevar a evaluar nuestra escala de valores y la forma en la que comprendemos cuál es el sentido de nuestra vida. Por lo general, somos educados para considerar que la vida es un continuo proceso de obtención de metas.
Al ver nuestro destino como la consecución de metas específicas, nuestra realidad se convierte en una carrera contra nosotros mismos, ya que debemos esforzarnos al máximo para poder lograr llegar a esas metas. Pero hay dos cosas que este proceso olvidamos. Cuando logramos alcanzar una de las metas que nos hemos fijado, automáticamente nos fijamos la siguiente, por lo cual no tenemos tiempo de disfrutar de la satisfacción de haber logrado lo que seguramente representó mucho esfuerzo y dedicación. No podemos siquiera pensar en lo agradable del proceso que provocó el poder haber llegado a donde queríamos. Sencillamente logramos una meta y debemos prepararnos para la siguiente. Entonces la marcha se hace eterna y nunca tendremos la posibilidad de detenernos a disfrutar del logro obtenido.
La otra posibilidad es el no lograr llegar al sitio deseado, con lo cual nos sentimos frustrados y con el sabor del fracaso en forma permanente en nuestra boca. de esta situación tampoco nos permitimos aprender, sencillamente volvemos a la batalla sin analizar en forma sosegada lo ocurrido, tan solo debemos lograr llegar para poder continuar.
Entonces, logremos o no obtener las metas que nos fijamos, nuestra vida siempre se traducirá en una eterna carrera detrás del viento, en la cual no hay forma de llegar, debido a que en la manera en que nos aproximemos al final, agregaremos más kilómetros que nos llevarán siempre a querer ir más lejos.
La pregunta es, más lejos es siempre mejor? y hasta dónde tendremos fuerzas para seguir siempre en esta carrera contra nosotros mismos?
En algún momento nos tendremos que detener y, tristemente, nos daremos cuenta que en la carrera dejamos atrás todo lo que la vida nos ofrecía. Vale la pena la carrera planteada de esta forma?

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