Cuando la despedida se hace crónica
Muchas veces pensamos en nuestro país como algo de lo cual hay que salir, como un mal necesario. Hace unas semanas alguien me comentó que elegir vivir aquí es algo personal y que había que ser consistente con esa elección y asumir el riesgo. En ese momento sentí que el mensaje era duro, eliges vivir en Venezuela, es tu decisión, por lo cual no debes quejarte de las consecuencias que tenga para ti y para tú familia. Muy duro, pero a la vez, demasiado real.
Sin embargo, me pregunto, es cierto que tenemos la capacidad de elegir? Muchas veces el pensar salir del país implica un cambio radical, un cambio de vida para toda la familia, cambios de costumbres, idioma en muchas oportunidades, miles de cosas que no son sencillas de afrontar. Sin embargo, la decisión muchas veces es demasiado razonable, para parafrasear a los muchachos que filmaron Caracas Ciudad de Despedida. Cuando nos sentamos a pensar qué nos promete el vivir aquí, se nos hace un nudo en el estómago. Pareciera que nos adentramos en un túnel, cuya salida está demasiado lejos y existen muchos obstáculos en el camino. Solo con escuchar al presidente usando un lenguaje vulgar para indicar que su oponente es una persona aduladora del imperio y de la burguesía, nos empuja a querer salir corriendo de Venezuela.
Cómo suponer que podría existir un estado en el cual el derecho a la vida, a la diferencia, a poder tener un trabajo, casa y educación cuando el jefe del estado se expresa y se comporta de la forma como lo hace?. Ese comportamiento se refleja en el irrespeto total y absoluto que todos los ciudadanos tenemos por el prójimo, por las leyes, por las normas de convivencia.
Esa manera de actuar ha calado en lo profundo de la sociedad, por lo cual creemos que tenemos derecho a cualquier cosa, que nuestra forma de comportamiento no tiene ningún tipo de límites, da lo mismo ir al baño que hacer nuestras necesidades en la calle, tal como vemos tan frecuentemente hacer a las personas en las calles y avenidas. Da lo mismo invadir una propiedad que trabajar duro y prepararse para lograr comprar algo propio. Da lo mismo vivir con montones de basura alrededor, en lugar de sacar los desperdicios a las horas estipuladas para su recolección. En fin, gracias a ese constante abuso en el verbo y en la acción, nuestro país se ha convertido en el imperio del abuso, de la violencia y del irrespeto.
Pero vuelvo al tema que me genera un nudo en la garganta, la partida. A medida que transcurre la vida vamos conociendo personas que de alguna u otra manera tocan nuestra alma. No son solo personas que eventualmente aparecen y desaparecerán más tarde. Son personas con las cuales establecemos relaciones profundas, personas con las cuales quieres envejecer, forman parte de la vida, se hace familia con ellas.
Estas relaciones se hacen sacramentales, porque son más que simples relaciones, son símbolos de sentimientos mucho más profundos, más sólidos.
Cuando las condiciones del país nos empujan a emigrar, estas relaciones cambian, se ven afectadas por la distancia, poco a poco desmoronándose, a pesar del empeño que pongamos en mantenerlas. Es cuando encontramos que nuestro mundo, lo que nosotros llamamos nuestro país, va desapareciendo, se va desdibujando, ya que las relaciones que de alguna forma nos identifican con el lugar al cual pertenecemos se rompen.
Es aquí donde podemos pensar que Caracas se convierte en la ciudad de la soledad. Ya no tenemos el amigo, el hermano, el padre o a la madre cerca. Ya la cotidianidad cambia, no podemos compartir nuestras alegrías o tristezas, porque ya no esta el otro, se fue, tuvo que irse en busca de un mejor futuro. Solo nos queda el vacío, el correo electrónico, las fotos que se publican en alguna red social o la llamada periódica, pero sabemos que no es lo mismo, que a pesar de todo, el día a día es insustituible.
Entonces, solo nos queda agradecer a este país que, además de hacernos más pobres, más violentos, más inseguros, también nos haga más solitarios.
Gracias a la revolución, poco a poco somos una nación de extraños.
Algo tenemos que hacer para convertirnos en una sociedad de acogida...
Muchas veces pensamos en nuestro país como algo de lo cual hay que salir, como un mal necesario. Hace unas semanas alguien me comentó que elegir vivir aquí es algo personal y que había que ser consistente con esa elección y asumir el riesgo. En ese momento sentí que el mensaje era duro, eliges vivir en Venezuela, es tu decisión, por lo cual no debes quejarte de las consecuencias que tenga para ti y para tú familia. Muy duro, pero a la vez, demasiado real.
Sin embargo, me pregunto, es cierto que tenemos la capacidad de elegir? Muchas veces el pensar salir del país implica un cambio radical, un cambio de vida para toda la familia, cambios de costumbres, idioma en muchas oportunidades, miles de cosas que no son sencillas de afrontar. Sin embargo, la decisión muchas veces es demasiado razonable, para parafrasear a los muchachos que filmaron Caracas Ciudad de Despedida. Cuando nos sentamos a pensar qué nos promete el vivir aquí, se nos hace un nudo en el estómago. Pareciera que nos adentramos en un túnel, cuya salida está demasiado lejos y existen muchos obstáculos en el camino. Solo con escuchar al presidente usando un lenguaje vulgar para indicar que su oponente es una persona aduladora del imperio y de la burguesía, nos empuja a querer salir corriendo de Venezuela.
Cómo suponer que podría existir un estado en el cual el derecho a la vida, a la diferencia, a poder tener un trabajo, casa y educación cuando el jefe del estado se expresa y se comporta de la forma como lo hace?. Ese comportamiento se refleja en el irrespeto total y absoluto que todos los ciudadanos tenemos por el prójimo, por las leyes, por las normas de convivencia.
Esa manera de actuar ha calado en lo profundo de la sociedad, por lo cual creemos que tenemos derecho a cualquier cosa, que nuestra forma de comportamiento no tiene ningún tipo de límites, da lo mismo ir al baño que hacer nuestras necesidades en la calle, tal como vemos tan frecuentemente hacer a las personas en las calles y avenidas. Da lo mismo invadir una propiedad que trabajar duro y prepararse para lograr comprar algo propio. Da lo mismo vivir con montones de basura alrededor, en lugar de sacar los desperdicios a las horas estipuladas para su recolección. En fin, gracias a ese constante abuso en el verbo y en la acción, nuestro país se ha convertido en el imperio del abuso, de la violencia y del irrespeto.
Pero vuelvo al tema que me genera un nudo en la garganta, la partida. A medida que transcurre la vida vamos conociendo personas que de alguna u otra manera tocan nuestra alma. No son solo personas que eventualmente aparecen y desaparecerán más tarde. Son personas con las cuales establecemos relaciones profundas, personas con las cuales quieres envejecer, forman parte de la vida, se hace familia con ellas.
Estas relaciones se hacen sacramentales, porque son más que simples relaciones, son símbolos de sentimientos mucho más profundos, más sólidos.
Cuando las condiciones del país nos empujan a emigrar, estas relaciones cambian, se ven afectadas por la distancia, poco a poco desmoronándose, a pesar del empeño que pongamos en mantenerlas. Es cuando encontramos que nuestro mundo, lo que nosotros llamamos nuestro país, va desapareciendo, se va desdibujando, ya que las relaciones que de alguna forma nos identifican con el lugar al cual pertenecemos se rompen.
Es aquí donde podemos pensar que Caracas se convierte en la ciudad de la soledad. Ya no tenemos el amigo, el hermano, el padre o a la madre cerca. Ya la cotidianidad cambia, no podemos compartir nuestras alegrías o tristezas, porque ya no esta el otro, se fue, tuvo que irse en busca de un mejor futuro. Solo nos queda el vacío, el correo electrónico, las fotos que se publican en alguna red social o la llamada periódica, pero sabemos que no es lo mismo, que a pesar de todo, el día a día es insustituible.
Entonces, solo nos queda agradecer a este país que, además de hacernos más pobres, más violentos, más inseguros, también nos haga más solitarios.
Gracias a la revolución, poco a poco somos una nación de extraños.
Algo tenemos que hacer para convertirnos en una sociedad de acogida...
Lo que hay que hacer está muy claro. Votar el 7-Oct por la única opción que existe. Y defender lo que vamos a a ganar ese día.
ResponderEliminarQué más dicha que a partir del 8-Oct leamos blogs como este escritos por Mayameros, Madrileños y Bogotanos.-