Día de las madres en el Cementerio General del Sur, aproximación al hecho de la muerte

Explicar lo que significó la experiencia en el Cementerio General del Sur el día de las madres, implica explicar un poco más que una simple visita a un cementerio de Caracas. Para darle la dimensión que tuvo, debo aclarar mi relación con la muerte hasta ese día.
Provengo de una familia comunista, en la cual la religión se consideraba algo negativo, una manera de alienar al sujeto. Hablo en pasado porque mi familia de alguna forma se convirtió en una familia disfuncional, y actualmente estamos distanciados por los lugares donde vivimos y por diferencias personales que, a pesar que no impiden que nos auxiliemos y nos reunamos eventualmente, no mantenemos la cotidianidad de una familia sólidamente constituida. Bajo la convicción ideológica que tenían mis padres, la muerte era el absoluto y total fracaso del ser, por lo cual fue negada totalmente, prácticamente no participamos en los funerales de los familiares, no se guardaba luto, nunca asistimos al cementerio, mucho menos exequias, novenarios o misas de difuntos.
Con toda esta carga en mi conciencia y en mi corazón, me sentía totalmente inhabilitado para consolar y hablar de la resurrección y la vida eterna. Sentía que no podía hacer conexión con las personas en un momento que se considera difícil, toda vez que en muy pocas ocasiones había vivido experiencias similares y, habían significado la derrota y el fracaso más grande.
El apoyo de mis hermanos de la escuela, me dio el impulso de asistir, ya que la noche previa estaba totalmente aterrado con el compromiso. Siguiendo las recomendaciones de uno de los formadores, oré profundamente, ya que sentía que era algo muy importante lo que viviría.
La experiencia en el cementerio me conectó con el dolor de la pérdida, sentimientos de desolación y en muchos casos de ira, pero también me mostró lo importante del mensaje de la esperanza.  Sentía, con muchos de los deudos, la tristeza de la ausencia, la impotencia de no entender la razón de que una vida sea cegada por una enfermedad o por la violencia. Pero también sentí el consuelo de dar y de recibir el mensaje de que con la muerte no todo termina. Ese día entendí, o mejor dicho, aprendí a sentir, que la muerte no necesariamente es el fracaso de la vida. Pude ver en las personas el consuelo de la esperanza en una vida eterna.
Aquello a lo que tanto temía, el no poder dar consuelo al otro, desapareció. De alguna forma encontré las palabras y los gestos necesarios para sentir empatía con el que sufre. Pero la experiencia no fue solo mía, al final de la jornada, cuando compartimos la comida y las experiencias, todos teníamos una sensación común, en nosotros había la certeza de haber recibido la gracia de transmitir la esperanza de la resurrección. Incluso, el diácono capellán del cementerio y las dos personas que trabajan con él, a pesar de tener años de experiencia, sentían igual que nosotros. Habíamos terminado una jornada en la cual el Señor nos asistió y pudimos transmitir su mensaje.

Adicionalmente, perdí mi percepción de la muerte como fracaso, la muerte es un hecho duro, pero no la veo como el fin absoluto, me aproximo a ella como el paso hacia una nueva realidad. Aún tengo mucho que caminar en ese sentido, pero se ha roto una pared que había sido construída hace mucho y que no me permitía ver, solo me permitía esconderme.

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