El demonio en nuestros días
Siempre que escuchamos la palabra demonio, viene a nuestra imaginación un ser con cachos, patas de cabra, medio animal o medio hombre. Esa definición, a pesar del miedo que pueda generar en nosotros, seria una simplificación extrema del real problema al cual nos enfrentamos.
El demonio es nuestra separación con Dios, ese es el real demonio. Visto de esta manera, parece algo lejano, estar separados de Dios suena a algo que escapa a nuestra cotidianidad, algo que en términos operativos no podemos definir la manera cómo nos afecta.
Si profundizamos un poco más en esto de estar separados de Dios y, analizamos el mensaje de Cristo, podemos encontrar que el estar separados de Dios pasa por estar separados del otro y del Otro. El otro, con minúscula, es todo ser humano que se encuentre a nuestro alrededor, el Otro, es expresamente Dios.
El reino de Dios en la tierra se establece mediante la misericordia, el ver a todos como a tú prójimo. Cristo durante toda su vida, nos mostró la forma en la cual el hombre puede hacerse merecedor de Dios. Nos enseño que, a pesar de las limitaciones propias del ser humano, es posible que en esta carne perecedera, podamos vivir de acuerdo con el plan salvífico de Dios.
En nuestra actual situación, podemos observar que se están generando situaciones que a todos nos afectan, situaciones que pareciera que nos obligan a tomar posiciones que, de alguna manera, nos colocarán en contra de una parte de nuestros coterraneos.
Las expropiaciones de las viviendas en construcción son una difícil prueba para nuestra capacidad de establecer relaciones armoniosas y ser misericordiosos con el otro. El sentir que somos despojados de nuestras viviendas, o que, vamos a ver afectado nuestro entorno por una decisión arbitraria, supuestamente para beneficiar a los más afectados, nos lleva a vivir en carne propia una prueba inmensa.
En esta situación, a pesar que es muy complicado pedir calma y tranquilidad, tenemos que estar claros que estas medidas, por llamarlas de alguna manera, tienen como fin último el procurar mantener dividida a la colectividad. Si nos comportamos de una manera antagónica entre nosotros, perdemos el concepto de colectividad, de comunidad y eso, hace que no podamos darnos cuenta de los problemas reales que estamos sufriendo.
Mientras nos veamos como sectores irreconciliables, no podemos analizar que estamos siendo diezmados por una violencia cuya responsabilidad recae en el gobierno directamente, tampoco podremos reaccionar como colectivo a la limitación de nuestras libertades sociales y económicas. El lograr la confrontación dentro de la sociedad lo que busca es que no nos comuniquemos, no expongamos que tenemos problemas que afectan a todos, independientemente de las diferencias políticas, económicas, clase social o sector donde se habite.
Estas medidas que procuran enfrentar a la población son, en el extremo, el aceptar por parte del gobierno su incapacidad de enfrentar los problemas que una sociedad cohesionada le plantea y le exige resolver.
Entonces, debemos tratar de mantener la calma y llegar al extremo de comprender que estamos siendo tentados, de la misma forma que el diablo siempre nos tienta, a separarnos como sociedad. Si logran el objetivo, el diablo habrá logrado una batalla a su favor, usándonos como instrumentos de segmentación.
El demonio es nuestra separación con Dios, ese es el real demonio. Visto de esta manera, parece algo lejano, estar separados de Dios suena a algo que escapa a nuestra cotidianidad, algo que en términos operativos no podemos definir la manera cómo nos afecta.
Si profundizamos un poco más en esto de estar separados de Dios y, analizamos el mensaje de Cristo, podemos encontrar que el estar separados de Dios pasa por estar separados del otro y del Otro. El otro, con minúscula, es todo ser humano que se encuentre a nuestro alrededor, el Otro, es expresamente Dios.
El reino de Dios en la tierra se establece mediante la misericordia, el ver a todos como a tú prójimo. Cristo durante toda su vida, nos mostró la forma en la cual el hombre puede hacerse merecedor de Dios. Nos enseño que, a pesar de las limitaciones propias del ser humano, es posible que en esta carne perecedera, podamos vivir de acuerdo con el plan salvífico de Dios.
En nuestra actual situación, podemos observar que se están generando situaciones que a todos nos afectan, situaciones que pareciera que nos obligan a tomar posiciones que, de alguna manera, nos colocarán en contra de una parte de nuestros coterraneos.
Las expropiaciones de las viviendas en construcción son una difícil prueba para nuestra capacidad de establecer relaciones armoniosas y ser misericordiosos con el otro. El sentir que somos despojados de nuestras viviendas, o que, vamos a ver afectado nuestro entorno por una decisión arbitraria, supuestamente para beneficiar a los más afectados, nos lleva a vivir en carne propia una prueba inmensa.
En esta situación, a pesar que es muy complicado pedir calma y tranquilidad, tenemos que estar claros que estas medidas, por llamarlas de alguna manera, tienen como fin último el procurar mantener dividida a la colectividad. Si nos comportamos de una manera antagónica entre nosotros, perdemos el concepto de colectividad, de comunidad y eso, hace que no podamos darnos cuenta de los problemas reales que estamos sufriendo.
Mientras nos veamos como sectores irreconciliables, no podemos analizar que estamos siendo diezmados por una violencia cuya responsabilidad recae en el gobierno directamente, tampoco podremos reaccionar como colectivo a la limitación de nuestras libertades sociales y económicas. El lograr la confrontación dentro de la sociedad lo que busca es que no nos comuniquemos, no expongamos que tenemos problemas que afectan a todos, independientemente de las diferencias políticas, económicas, clase social o sector donde se habite.
Estas medidas que procuran enfrentar a la población son, en el extremo, el aceptar por parte del gobierno su incapacidad de enfrentar los problemas que una sociedad cohesionada le plantea y le exige resolver.
Entonces, debemos tratar de mantener la calma y llegar al extremo de comprender que estamos siendo tentados, de la misma forma que el diablo siempre nos tienta, a separarnos como sociedad. Si logran el objetivo, el diablo habrá logrado una batalla a su favor, usándonos como instrumentos de segmentación.
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