Las lluvias y la solidaridad
Pareciera que en nuestro país nunca estaremos preparados para absolutamente nada. Hace unos meses, cuando la sequía arreciaba y los incendios destruían nuestros bosques y sabanas, vivíamos rogando por la lluvia. Parte de esta desesperación se originaba en la creencia que nuestro problema eléctrico se originaba por la falta de un adecuado nivel de los ríos que alimentan las represas.
Pues bien, llegaron las lluvias, mucho más intensas, se desbordan los ríos y los cerros se vienen abajo. Esta situación no es nueva, ya lo vivimos cuando el deslave, lo vivimos todos los años en mayor o menor manera, pero siempre el espectáculo, triste y desolador es el mismo. Cientos de personas en la calle, sin un lugar donde guarecerse de la lluvia, familias enteras abandonadas a su suerte, niños y ancianos muertos o desaparecidos...
En estas circunstancias siempre se hace un llamado a la colectividad a colaborar con el más necesitado, a obrar con misericordia y recordar que las obras misericordiosas son una prerrogativa en la vida del cristiano. Maravillosamente, la colaboración aparece, se ayuda a los necesitados, se resuelven sus necesidades básicas inmediatas, es decir, ropa y comida, ubicándolos en refugios temporales, cerrando la historia en ese momento.
Es cierto que las obras de misericordia son una parte importante de la solidaridad hacia el prójimo, pero las obras de misericordia no resuelven el problema estructural de fondo. El proveer un albergue temporal, ropa seca y alimentos no perecederos a los damnificados por las lluvias, o por cualquier otro evento, soluciona un problema momentáneo, pero el real problema se resuelve con una sociedad dirigida a la misericordia.
Entiendo una sociedad dirigida a la misericordia aquella que destina los recursos escasos que posee en satisfacer las necesidad de la mayoría, procurando crear las condiciones que permitan a todos lograr una vida digna, con niveles adecuados de salarios, educación, atención médica, paz y desarrollo. Este modelo de sociedad es aquel que se preocupa por el bienestar de todos sus miembros, sin importar su edad, género, posición política, religión o raza. Este será, para muchos, un modelo utópico.
Sin lugar a dudas, sería la forma en la cual se aseguraría la paz del hombre. Este tipo de sociedad no puede ser impuesta, haciendo uso de la fuerza o de la intimidación, debe nacer del convencimiento de que el bienestar de mi vecino, redunda en mi bienestar. Debe surgir de la certeza que la acción individual forma parte del accionar de todos los habitantes, por lo cual, es importante que cada quien asuma su nivel de compromiso con el ser humano que tiene a su lado. De esa forma, podremos generar un tejido social más acorde con la dignidad humana, dignidad que para muchos es solo algo lejano e inalcanzable.
Pues bien, llegaron las lluvias, mucho más intensas, se desbordan los ríos y los cerros se vienen abajo. Esta situación no es nueva, ya lo vivimos cuando el deslave, lo vivimos todos los años en mayor o menor manera, pero siempre el espectáculo, triste y desolador es el mismo. Cientos de personas en la calle, sin un lugar donde guarecerse de la lluvia, familias enteras abandonadas a su suerte, niños y ancianos muertos o desaparecidos...
En estas circunstancias siempre se hace un llamado a la colectividad a colaborar con el más necesitado, a obrar con misericordia y recordar que las obras misericordiosas son una prerrogativa en la vida del cristiano. Maravillosamente, la colaboración aparece, se ayuda a los necesitados, se resuelven sus necesidades básicas inmediatas, es decir, ropa y comida, ubicándolos en refugios temporales, cerrando la historia en ese momento.
Es cierto que las obras de misericordia son una parte importante de la solidaridad hacia el prójimo, pero las obras de misericordia no resuelven el problema estructural de fondo. El proveer un albergue temporal, ropa seca y alimentos no perecederos a los damnificados por las lluvias, o por cualquier otro evento, soluciona un problema momentáneo, pero el real problema se resuelve con una sociedad dirigida a la misericordia.
Entiendo una sociedad dirigida a la misericordia aquella que destina los recursos escasos que posee en satisfacer las necesidad de la mayoría, procurando crear las condiciones que permitan a todos lograr una vida digna, con niveles adecuados de salarios, educación, atención médica, paz y desarrollo. Este modelo de sociedad es aquel que se preocupa por el bienestar de todos sus miembros, sin importar su edad, género, posición política, religión o raza. Este será, para muchos, un modelo utópico.
Sin lugar a dudas, sería la forma en la cual se aseguraría la paz del hombre. Este tipo de sociedad no puede ser impuesta, haciendo uso de la fuerza o de la intimidación, debe nacer del convencimiento de que el bienestar de mi vecino, redunda en mi bienestar. Debe surgir de la certeza que la acción individual forma parte del accionar de todos los habitantes, por lo cual, es importante que cada quien asuma su nivel de compromiso con el ser humano que tiene a su lado. De esa forma, podremos generar un tejido social más acorde con la dignidad humana, dignidad que para muchos es solo algo lejano e inalcanzable.
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