Cuando la vida te golpea en la cara
Vivimos tratando de construir seguridad a nuestro alrededor, para nosotros como sujetos, para nuestra familia y para nuestra comunidad. Durante esta búsqueda de establecer un entorno confiable, procuramos rodearnos por personas en las cuales confiamos y hacemos lo posible porque confíen en nosotros.
Durante años nos esforzamos por mantener una conducta adecuada, con la cual podamos demostrar que somos seres humanos dignos de respeto y nuestra honestidad esta a toda prueba.
Sin embargo, no sabemos por qué razón, un día decidimos cambiar nuestro comportamiento. Una mañana nos dejamos vencer por la tentación, dejamos que la concupiscencia que forma parte de nuestra naturaleza, tome el control y caemos, llevándonos en esa caída todas las relaciones que a lo largo de los años cultivamos con esmero y respeto.
Este comportamiento se presenta de una manera imprevista y de múltiples maneras. Puede tomar la forma de la infidelidad conyugal, de los actos de corrupción, del maltrato físico o verbal, de la irresponsabilidad, etc., son muchas las caras y muy variadas las opciones de este cambio.
Los padres del desierto definieron las posibles causas de estos comportamientos en los seres humanos como los pecados capitales. En su vida de exilio en el desierto meditaron y sintieron estas tentaciones en carne propia, analizándolas detalladamente, evidentemente con el conocimiento y los elementos culturales a su disposición.
Es muy conveniente que volvamos nuestros ojos a las enseñanzas que nos legaron los padres del desierto, que están a nuestra disposición y, a diferencia de los libros de autoayuda y superación, analizan los problemas y las consecuencias de las acciones del hombre como ser social.
Nosotros no somos seres aislados, somos seres interrelacionados, por lo que nuestras acciones afectan directamente a los que integran nuestro tejido social.
Cuando nos permitimos dejarnos llevar por estas tentaciones, nuestro comportamiento afecta y genera sufrimiento en los demás.
Esta manera de actuar, muy propia del hombre del siglo XXI cuyo único fin y sentido es la autosatisfacción, provoca una sociedad en la cual no vale el respeto y la consideración por el otro, por el prójimo. Pocas veces antes de acturar pensamos en las consecuencias que tendrán nuestras acciones en la vida de las personas que nos rodean, sencillamente consideramos que es lo mejor para nosotros y con ello justificamos nuestro comportamiento. Así, estamos produciendo valores morales móviles, que se adaptan a nuestras necesidades y, lo más triste de todo, que solo son válidos para justificar nuestros actos, pero no se aplican para las acciones del otro, del prójimo.
Actuando de esta manera, somos capaces no solo de dañar a las personas que nos rodean, también tenemos el descaro de emitir juicios de valor sobre el comportamiento de otros, constituyéndonos en jueces y dictando normas de comportamiento para los demás.
Nuevamente, vale la pena volver los ojos, esta vez a la sagrada escritura y buscar la narración sobre la mujer adúltera...
"Quien esté libre de culpas, que lance la primera piedra..."
Creo conveniente analizar la forma como entendemos nuestra situación en el mundo y hacer un examen de conciencia, a fin de poder enmendar nuestros actos y volver a ubicarnos como seres que vivimos en relación, no como predadores que lo único que buscamos es la satisfacción de nuestros deseos.
Durante años nos esforzamos por mantener una conducta adecuada, con la cual podamos demostrar que somos seres humanos dignos de respeto y nuestra honestidad esta a toda prueba.
Sin embargo, no sabemos por qué razón, un día decidimos cambiar nuestro comportamiento. Una mañana nos dejamos vencer por la tentación, dejamos que la concupiscencia que forma parte de nuestra naturaleza, tome el control y caemos, llevándonos en esa caída todas las relaciones que a lo largo de los años cultivamos con esmero y respeto.
Este comportamiento se presenta de una manera imprevista y de múltiples maneras. Puede tomar la forma de la infidelidad conyugal, de los actos de corrupción, del maltrato físico o verbal, de la irresponsabilidad, etc., son muchas las caras y muy variadas las opciones de este cambio.
Los padres del desierto definieron las posibles causas de estos comportamientos en los seres humanos como los pecados capitales. En su vida de exilio en el desierto meditaron y sintieron estas tentaciones en carne propia, analizándolas detalladamente, evidentemente con el conocimiento y los elementos culturales a su disposición.
Es muy conveniente que volvamos nuestros ojos a las enseñanzas que nos legaron los padres del desierto, que están a nuestra disposición y, a diferencia de los libros de autoayuda y superación, analizan los problemas y las consecuencias de las acciones del hombre como ser social.
Nosotros no somos seres aislados, somos seres interrelacionados, por lo que nuestras acciones afectan directamente a los que integran nuestro tejido social.
Cuando nos permitimos dejarnos llevar por estas tentaciones, nuestro comportamiento afecta y genera sufrimiento en los demás.
Esta manera de actuar, muy propia del hombre del siglo XXI cuyo único fin y sentido es la autosatisfacción, provoca una sociedad en la cual no vale el respeto y la consideración por el otro, por el prójimo. Pocas veces antes de acturar pensamos en las consecuencias que tendrán nuestras acciones en la vida de las personas que nos rodean, sencillamente consideramos que es lo mejor para nosotros y con ello justificamos nuestro comportamiento. Así, estamos produciendo valores morales móviles, que se adaptan a nuestras necesidades y, lo más triste de todo, que solo son válidos para justificar nuestros actos, pero no se aplican para las acciones del otro, del prójimo.
Actuando de esta manera, somos capaces no solo de dañar a las personas que nos rodean, también tenemos el descaro de emitir juicios de valor sobre el comportamiento de otros, constituyéndonos en jueces y dictando normas de comportamiento para los demás.
Nuevamente, vale la pena volver los ojos, esta vez a la sagrada escritura y buscar la narración sobre la mujer adúltera...
"Quien esté libre de culpas, que lance la primera piedra..."
Creo conveniente analizar la forma como entendemos nuestra situación en el mundo y hacer un examen de conciencia, a fin de poder enmendar nuestros actos y volver a ubicarnos como seres que vivimos en relación, no como predadores que lo único que buscamos es la satisfacción de nuestros deseos.
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